Si un extraterrestre pisara Cancún en estos días festivos pensaría que no tenemos remedio, que la necedad del ser humano es más poderosa que una pandemia mundial. La necesidad de juntarse unos con otros, de mezclar sudores en un antro oscuro, de frotarse sobre una tarima con desconocidos embriagados hasta las cejas de tequila, de escupir a gritos al mesero —por supuesto sin ninguna mascarilla a la vista— que ponga dos botellas más, de vivir como se vivía antes de 2020. Para otros, la salud también se mide en llevar dinero a casa después de un año difícil para el turismo. Pero es 2021 y el coronavirus ha matado ya a casi tres millones de personas en el mundo.
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